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Comercio en el Virreinato

● Por mirko.ravelo@gmail.com • 21 de septiembre de 2026 • Numismática

Los metales preciosos extraídos de las colonias americanas se convirtieron en la base del comercio para el expansionismo de España y la consolidación de las economías europeas, además de estimular su comercio exterior y
permitirles subsidiar las numerosas guerras que protagonizaron las monarquías absolutistas en los inicios de la edad moderna. Por ello, en el siglo XVI se instauró una política comercial exclusivista y una serie de instancias de control estatal que permitieran exportar la mayor cantidad de estos metales hacia la península del modo más eficaz.

 

Con el objetivo de evitar que la preciosa carga comercial fuera afectada por el contrabando o los ataques de piratas,
entre otras razones fiscales y militares, el intercambio
atlántico debía efectuarse exclusivamente entre Sevilla y los puertos americanos de La Habana, Veracruz, Cartagena, Portobelo, Panamá y Callao. Además, todos los navíos comerciales debían viajar juntos, en el llamado sistema de flotas y galeones

 

Este sistema beneficiaba el monopolio comercial andaluz, pues Sevilla debía abastecer a las colonias de una larga lista de productos -desde hierro hasta aceitunas- que, solo en teoría, el Perú no debía producir. De este modo, las colonias serían mercados ideales para los productos españoles y para las mercancías europeas comercializadas por España.

Rutas Comerciales en la colonia

Se conocía como La Carrera de Indias a la actividad de los galeones que debían transportar metales preciosos desde las colonias hacia España y, de regreso, llevar a las indias productos desde la Península. En la carrera intervenían dos flotas anuales, que eran escoltadas por barcos de guerra, y que se dirigían a los dos virreinatos americanos.
La Flota de Nueva España llevaba mercancías a México, mientras que los Galeones de Tierra Firme tenían como
destino el virreinato del Perú. La corona española controlaba todo el tráfico marítimo y comercial con las indias a través de dos instituciones: el consejo de indias y la casa de contratación. Esta última se encargaba de conceder licencias y registrar los navíos, controlar y supervisar los cargamentos y llegó a funcionar como tribunal de justicia en cuestiones de índole comercial.

La Competencia Peruana
El monopolio andaluz no pudo abastecer la gran demanda de
bienes de las colonias americanas. En el caso del virreinato peruano, el intenso desarrollo de la economía interna gracias a la explotación minera, había impulsado el florecimiento de una serie de actividades comerciales, como la textil y la agrícola, que abastecían ya no solo a los mercados cercanos
asentamientos mineros y ciudades- sino que empezaron a
exportar bienes a otros territorios coloniales.
Lima, gracias al puerto del Callao, articuló una extensa red mercantil marítima, con circuitos desde Acapulco hasta Valparaíso, y que también se vinculaba con los centros productivos dentro del territorio peruano. El intercambio intercolonial de productos fue tan intenso que se convirtió en un obstáculo para el sistema monopólico español.

 

El caso de los vinos peruanos resulta emblemático para entender el malestar de la Corona. Durante el siglo XVI, los valles de Arequipa e Ica se volcaron a la producción de vinos y aguardientes, productos que no solo fueron consumidos en el virreinato sino que tuvieron una gran demanda en Centroamérica. En las primeras décadas del siglo XVII el vino peruano había desplazado al español, lo que motivó que la Corona prohibiera, bajo severas penas, su comercialización en Panamá, Guatemala y Nicaragua. Sin embargo, los productos europeos siguieron teniendo
demanda en el Perú, pues muchos de los productos peruanos no alcanzaban la calidad de los importados.

Perú, México y el Galeón de Manila
El intercambio de plata peruana por manufacturas mexicanas motivó una temprana actividad comercial entre el virreinato del Perú y el de Nueva España. Desde 1570 empezaron a incorporarse a este intercambio comercial géneros procedentes del lejano Oriente. Los productos asiáticos llegaban a Filipinas y de allí eran trasladados a
Acapulco en el llamado Galeón de Manila. El usual desabastecimiento de los mercados americanos ocasionado por
las prácticas monopólicas sevillanas hicieron muy atractivos productos como la seda, perfumes y joyas fabricados en China, Indonesia y Japón, que usualmente eran mucho más baratos que para la reexportación de los productos asiáticos al Perú.
La casa de Contratación y el Consulado de Sevilla, encargados de controlar el comercio marino con las colonias, señalaron en el siglo XVII que el tráfico con las Filipinas había sido una de las principales causas del deterioro del comercio atlántico. Con la finalidad de salvaguardar los intereses de Sevilla, aquel tráfico fue restringiéndose, y en 1631 se prohibió toda actividad comercial entre el Perú y México, para evitar la fuga de plata peruana a Oriente. Sin embargo, el comercio entre Perú y Filipinas continuó muy activo, aunque de manera clandestina.

Comercio Directo
El exitoso comercio americano atrajo el interés de las potencias europeas que, agresiva o amistosamente, aparecieron en el mismo circuito de las flotas españolas. Mercaderes franceses, italianos, flamencos e ingleses supieron aprovechar la incapacidad de España para satisfacer la demanda americana de productos. Hacia 1680, y teniendo como centro el puerto de Cádiz, los agentes mercantiles no peninsulares acapararon el ochenta por ciento del tráfico comercial. Los comerciantes del Perú, llamados peruleros, también supieron sacar provecho de la
situación. Esquivaron las ferias de Portobelo por sus altos precios, burlaron los circuitos mercantiles sevillanos y la
imposición fiscal, y se embarcaron directamente a España para comprar a los proveedores extranjeros.
Mientras tanto, Francia, Holanda e Inglaterra establecieron puntos de apoyo en el caribe para el comercio con las colonias americanas y, hacia fines del siglo XVII, ya se habían establecido circuitos mercantiles directos con las colonias españolas. A mediados del siglo XVII colapsó la fiscalización de las flotas, cuyas excesivas cargas fiscales abrieron las puertas al contrabando. En el caótico contexto de la guerra de sucesión española, el régimen de flotas y galeones fue abolido oficialmente en 1739.

 

 

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